jueves, 8 de septiembre de 2016

Pisto Leron


Mucho se ha hablado sobre los nervios, las impresiones, el estrés, incluso las fatigas por así decirlo, producidas en la espera a la llegada del profesor el primer día de clases. Al parecer, son como maripositas estomacales de enamorado mezcladas con avispas de divorciado, una especie de esperanza que se nubla cuando la persona con la que puedes asegurar el triunfo de aprobar o analizar las tentativas de la huida honrosa.

Uno de los profesores que, por diversas razones, provocaba una análisis exhaustivo de las posibilidades de fuga era el Dr. Pistógenes Lerongio, un tecnócrata marabino, de amplios conocimientos en circuitos eléctricos, máquinas eléctricas y de un curso que se creó como compendio general para las escuelas de ingeniería fuera del edificio de elétrica-electrónica, llamada ingeniería eléctrica. Con amplios conocimientos traídos desde mas allá del Atlántico, el Prof. Pisto Leron, como era conocido entraba al aula bajo la mirada estática de su audiencia. Los aires de superioridad, provocaban una diferencia (de potencial) entre éste y sus nuevos estudiantes; sin embargo, la resistividad del grupo impedía cierto de flujo de información. 

El Pisto Leron llegaba siempre con su saco color kaki y maletín de un color que intentaba combinar, unos jeans anchos provenientes de la dotación uniformada de alguna empresa, y una camisa manga larga de tonos claros con rayas verticales o puntos, o con figuras que asemejaban la visual de un microscopio óptico en una clase de biología de secundaria. La entrada triunfal, se veía re-matada por un procedimiento que parecía parte de un ritual: Pisto Leron sacaba el arma de una funda, que intentaba combinar con el mismo color del saco, y la introducía en el maletín.

No podemos resumir aquí el sinnúmero de reacciones que semejante acción provocaba. Algunas damas se ponían la mano en la boca como para que no entrara ni una alambre conductor, algunos desorbitaban sus ojos como si recibieran una descarga eléctrica, y otros al parecer, los nervios les daban por quedarse callados o reirse. Lo cierto es que la práctica del dr., a pesar de que era una flagrante violación a la normativa, fue común durante toda su carrera docente. El decía que era por "seguridad", la que le aseguró que ningún estudiante realizara una queja formal (al menos que haya sido pública) y que el asunto no pasara sólo de un rumor visible a la colectividad.

Hoy en día, el profesor Leron no está entre nosotros, lamentablemente para la humanidad, y tampoco se encuentra en el aula. Antes de partir, sufrió muchos incidentes negativos por su elemento de seguridad, pero eso sería parte de otra clase. La enseñanza de ésta, podría ser, el hecho de cómo nos afecta el silencio cómplice de una aula, que nos lleva a tolerar muchas veces, actitudes que no toleraríamos en la calle. Esas deben ser la mejoras sensiblemente profundas con las cuales debemos conectarnos día a día, para el mejor desempeño de cualquier institución, sea en clases de aula o en clases de pasillo.

Engel Salazar Aguirre.
Septiembre de 2016.

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